Por qué la agricultura empeoró la salud humana, según los huesos de los primeros agricultores

La agricultura empeoró la salud humana durante miles de años, y lo sabemos porque los huesos no mienten tanto como las crónicas. En Çatalhöyük, en el centro de la actual Turquía, vivieron miles de personas entre el 7100 y el 5950 antes de nuestra era, en casas de adobe pegadas unas a otras y enterrando a sus muertos bajo el suelo. Cuando el bioarqueólogo Clark Larsen y su equipo estudiaron esos esqueletos, vieron una población cada vez más expuesta a infecciones, con más carga de trabajo y más golpes, a medida que dependía más del cereal.

Çatalhöyük no es un caso raro. Es uno de los mejor documentados de un patrón que se repite.

Lo que vieron Cohen y Armelagos en 1984

A principios de los años ochenta se reunieron especialistas en restos humanos de medio mundo con una pregunta concreta: ¿la gente estaba más sana antes o después de empezar a cultivar? Mark Nathan Cohen y George Armelagos recogieron los trabajos en un libro de 1984, Paleopathology at the Origins of Agriculture.

La respuesta fue incómoda. En 19 de las 21 poblaciones estudiadas, la salud empeoraba con el paso a la agricultura, según el resumen que el propio Armelagos y sus colegas hicieron en una revisión de 2011. Las señales eran estas:

  • Menor estatura adulta.
  • Más caries, por una dieta rica en almidones.
  • Defectos en el esmalte dental, que delatan épocas de hambre o enfermedad en la infancia.
  • Más lesiones de infecciones, por vivir apiñados y junto a los animales.
  • Más carencias nutricionales, como la anemia.

Por qué la agricultura empeoró la salud humana

La revisión de 2011 resume las causas sin rodeos: hambre estacional, dependencia de uno o pocos cultivos pobres en algunos nutrientes, plagas que arruinaban la cosecha, desigualdades sociales y comercio.

Pensemos en lo que comía un cazador recolector. Decenas de plantas distintas, frutos secos, raíces, carne, pescado, insectos. Si fallaba una cosa, había otra. El agricultor temprano, en cambio, apostaba casi todo a uno o dos cereales. Un mal año era un año de hambre. Y un cereal, por bueno que sea, no aporta todo lo que el cuerpo necesita.

Añadamos la vida sedentaria: aguas estancadas, basura acumulada, convivencia con cabras y vacas. Muchas de las enfermedades infecciosas que nos acompañan desde entonces encontraron ahí su caldo de cultivo.

Los estudios posteriores a 1984 no han tumbado la idea. La revisión de 2011 concluye que el descenso de la estatura con la agricultura se ve en Europa, África, Oriente Próximo, Asia y América, sin importar la época en que llegó el cultivo.

Peor salud, más gente: el matiz importante

Aquí es donde conviene frenar antes de sacar conclusiones fáciles. Si la agricultura enfermaba a la gente, ¿por qué triunfó en todo el planeta?

Porque una cosa es la salud de cada persona y otra el tamaño del grupo. La agricultura daba más calorías por hectárea, permitía tener hijos más seguidos y alimentar a más bocas en el mismo terreno. En Çatalhöyük, el equipo de Larsen habla de una población que crecía alimentada por una fertilidad elevada. Más gente, cada una con algo menos de salud. Para un grupo que compite por el territorio con sus vecinos, ese intercambio salía a cuenta.

Hay un segundo matiz, más técnico. En 1992 James Wood y sus colegas publicaron «La paradoja osteológica», un aviso para quien lee esqueletos. Las lesiones en un hueso solo aparecen si la persona sobrevivió lo bastante a la enfermedad como para que el hueso reaccionara. Quien moría de golpe no deja marca. Un cementerio con muchas lesiones puede hablar de una población que resistía más, no solo de una que enfermaba más. Por eso los especialistas cruzan varios indicadores antes de afirmar nada.

Con esos matices encima de la mesa, la tendencia general se mantiene. Lo que se discute es cuánto y en qué sitios.

Qué nos dice esto hoy

No hace falta volver a la cueva ni comprar ninguna dieta con nombre prehistórico. Nadie sabe con precisión qué comía cada grupo del Paleolítico, y comían cosas muy distintas según dónde vivieran.

Lo que sí deja esta historia es una pista sensata. Lo que perjudicó a los primeros agricultores fue depender casi solo del cereal, con poca variedad y con hambre cuando la cosecha fallaba. Una alimentación variada, con verduras, legumbres, frutas, frutos secos y proteína de distintas fuentes, protege de las carencias que dejaron su firma en aquellos huesos. Si tienes una enfermedad o sigues una dieta restrictiva, lo indicado es que la ajuste un profesional sanitario.

El tema ha vuelto a circular este año gracias a un vídeo de divulgación de Ink Explainer que cita el libro de Cohen y Armelagos.

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