Niacina (vitamina B3): cuánta necesitas y por qué los botes de 500 mg son otra cosa

La niacina es de las vitaminas con peor suerte en la conversación pública: se la conoce por un efecto secundario llamativo —ese rubor en la cara que sale con ciertas dosis— y por una época en la que se recetó a lo grande para el colesterol. Ninguna de las dos cosas explica para qué sirve realmente ni cuánta necesita una persona normal.

Qué es y qué hace en el cuerpo

La niacina, o vitamina B3, es la materia prima de dos moléculas que participan en cientos de reacciones del metabolismo: convertir en energía lo que comes, reparar el ADN, sostener el trabajo de la piel y del sistema nervioso. No es una vitamina de un órgano concreto; es una pieza de fontanería básica.

Aparece en dos formas, y conviene distinguirlas porque no se comportan igual:

Ácido nicotínico. Es el que provoca el enrojecimiento, el picor y el hormigueo que muchos asocian a la B3. Se llama flush y no es peligroso en sí, pero molesta bastante.

Nicotinamida. Hace el mismo trabajo como vitamina y no produce ese rubor. Por eso es la que se usa cuando hay que reponer de verdad.

Cuánta hace falta

Las cantidades de referencia para adultos están en torno a 16 miligramos diarios de equivalentes de niacina en hombres y 14 en mujeres. Son cifras modestas, y ahí está la primera noticia: con una alimentación variada se llega sin esfuerzo.

Hay carne, pescado, huevos, legumbres, frutos secos y cereales integrales en casi cualquier dieta corriente, y todos aportan. Además, el cuerpo fabrica parte de la que necesita a partir del triptófano, un aminoácido presente en las proteínas de la dieta.

Para los suplementos existe un tope recomendado, distinto del anterior: 35 miligramos al día en mayores de 19 años. Por encima de esa cifra ya no se habla de cubrir una necesidad, sino de usar la vitamina como si fuera un fármaco, y eso pertenece a otra conversación —la de más abajo— que se tiene con un médico delante.

El caso del maíz, que explica mucho

El maíz contiene niacina, pero en una forma ligada que el intestino humano no puede aprovechar. En Mesoamérica se resolvió hace milenios cociendo el grano con cal, un proceso que rompe ese enlace y libera la vitamina. Cuando el maíz viajó a Europa sin ese paso, aparecieron poblaciones enteras que comían maíz a diario y aun así desarrollaban carencia.

Sirve como recordatorio de algo que se olvida al mirar tablas nutricionales: importa lo que contiene un alimento, pero también si el cuerpo puede acceder a ello.

Cuando falta: la pelagra

La carencia grave de niacina se llama pelagra y tiene un cuadro reconocible: lesiones en la piel que empeoran donde da el sol, diarrea y alteraciones neurológicas que van del insomnio y la irritabilidad a la confusión.

En los países con alimentación variada es rara, pero no ha desaparecido. Se ve asociada a alcoholismo crónico, a trastornos que impiden absorber nutrientes, a dietas muy restrictivas mantenidas en el tiempo y a algunos tratamientos y enfermedades que alteran el metabolismo del triptófano.

El tratamiento es reposición de la vitamina, habitualmente en forma de nicotinamida y en dosis muy superiores a las alimentarias, pautadas y vigiladas por un médico. La mejoría de la piel y del aparato digestivo suele ser rápida. Esto no es materia de autodiagnóstico: si alguien reconoce este cuadro en sí mismo o en un familiar, el paso siguiente es una consulta, no una compra.

Las dosis altas para el colesterol: qué pasó

Durante décadas, el ácido nicotínico en dosis de gramos —muy por encima de cualquier necesidad nutricional— fue un tratamiento habitual del colesterol. Y hacía lo que prometía en los análisis: subía el colesterol HDL, bajaba el LDL y bajaba los triglicéridos.

Luego llegaron dos ensayos grandes que comprobaron lo que de verdad importa, que no es el número del análisis sino si la gente sufre menos infartos e ictus. AIM-HIGH primero y HPS2-THRIVE después estudiaron a pacientes de alto riesgo que ya tomaban estatinas.

El resultado fue el mismo en los dos. Los análisis mejoraban: en HPS2-THRIVE, con casi cuatro años de seguimiento, el LDL bajaba unos 10 mg/dL, los triglicéridos 33 y el HDL subía 6. Pero no hubo reducción de eventos vasculares graves ni de mortalidad. Y sí hubo más efectos adversos serios: más casos de diabetes y más problemas digestivos, musculoesqueléticos y de piel.

Esa es la razón por la que la niacina en dosis altas dejó de recomendarse de forma general para el colesterol. No porque fuera un fraude, sino porque se comprobó que mejorar el análisis no equivalía a evitar el infarto, y el precio en efectos adversos era real.

Tiene una consecuencia práctica para cualquiera que pase por delante de un expositor de suplementos: los botes de niacina de 500 o 1.000 miligramos no son una versión reforzada de una vitamina. Son dosis de fármaco, con los efectos de un fármaco, tomadas sin nadie que vigile.

Entonces, ¿tiene sentido suplementarse?

Para la mayoría de la gente con una dieta variada, no hace falta: la niacina se cubre comiendo.

Tiene sentido plantearlo, y plantearlo con el médico o el farmacéutico, en situaciones concretas: dietas muy restrictivas sostenidas, problemas de absorción intestinal, alcoholismo, o cuando un profesional detecta una carencia. En esos casos se elige la forma adecuada —normalmente nicotinamida— y una dosis con criterio, no la que tenga el bote más grande de la estantería.

Y una precaución de sentido común: si ya tomas medicación para el colesterol, para la diabetes o para la tensión, la niacina en dosis altas no es un añadido inocente. Ahí la decisión no es de la estantería, es de la consulta.

Esta información es divulgativa y no sustituye la valoración de un profesional sanitario.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *