Entró un jueves por la tarde con la caja de amoxicilina en una mano y un bote de plástico blanco en la otra. Se lo había recomendado su médico: «tómate un probiótico mientras dure el antibiótico, que si no acabarás en el baño». Él había hecho los deberes. Fue al supermercado, buscó el pasillo, cogió el que ponía Lactobacillus en letras grandes y 10.000 millones de bacterias por cápsula, y venía a preguntar si con ese valía.
Le di la vuelta al bote. En la parte de atrás, en cuerpo seis, ponía exactamente lo mismo que delante: Lactobacillus acidophilus. Nada más. Ni un número, ni un código, ni tres letras detrás del nombre.
Le expliqué lo que le explico a todo el mundo en ese momento, que es lo que menos apetece oír cuando ya has pagado: ese bote no permite saber qué hace. No porque sea malo. Porque no lo dice.
Género, especie y el apellido que casi nadie mira
Un microorganismo se identifica en tres escalones. El género (Lactobacillus, Bifidobacterium, Saccharomyces), la especie (rhamnosus, longum, boulardii) y la designación de cepa, que es una etiqueta de laboratorio: GG, 35624, CNCM I-745, DSM 17938. Ese tercer escalón es el que aparece en los ensayos clínicos, y es justo el que se cae de la mayoría de las etiquetas.
La comparación que mejor funciona en el mostrador es la de los medicamentos. Nadie compra «un betabloqueante» sin más: el propranolol y el bisoprolol comparten familia y se usan para cosas distintas, en dosis distintas, con perfiles distintos. Con las bacterias pasa lo mismo, y probablemente más, porque dos cepas de la misma especie pueden diferir en cientos de genes. Una produce una sustancia antimicrobiana concreta y la otra no. Una sobrevive al ácido del estómago y la otra llega muerta.
La Asociación Científica Internacional de Probióticos y Prebióticos (ISAPP) lleva años repitiendo lo mismo con distintas palabras: los efectos son específicos de cepa y no se extrapolan hacia arriba, ni a la especie ni al género.
Las cepas que sí tienen los deberes hechos
No son muchas, y ahí está la gracia. Cuando uno mira dónde hay ensayos serios y repetidos, la lista se queda corta y muy concreta.
| Cepa completa | Dónde se ha estudiado | Detalle que suele omitirse |
|---|---|---|
| Lacticaseibacillus rhamnosus GG (ATCC 53103) | Diarrea asociada a antibióticos, sobre todo en niños | Se llamaba Lactobacillus rhamnosus hasta la reclasificación de 2020; es el mismo bicho |
| Saccharomyces boulardii CNCM I-745 | Diarrea asociada a antibióticos y prevención de recurrencias por C. difficile | Es una levadura, no una bacteria: el antibiótico no la toca |
| Bifidobacterium longum subsp. longum 35624 | Síntomas del intestino irritable | Registrada durante años como B. infantis 35624 |
| Formulación De Simone (VSL#3 original, hoy Vivomixx en Europa) | Reservoritis tras cirugía de colitis ulcerosa | La marca VSL#3 cambió de fabricante en 2016; el consorcio original se vende con otro nombre |
El caso de la 35624 merece un párrafo aparte porque desmonta la intuición de que más es mejor. En el ensayo que la puso en el mapa se probaron tres dosis en mujeres con intestino irritable. La intermedia mejoró los síntomas frente a placebo. La más alta, cien veces mayor, no lo hizo: las cápsulas se apelmazaron y el producto no se comportó igual. La dosis correcta de un probiótico es la que se ensayó, ni la que suena más impresionante en el envase.
Los millones que no cuentan lo que parecen
Las UFC (unidades formadoras de colonias) son el otro número que se lee mal. Un probiótico es un producto con organismos vivos dentro, y esos organismos se van muriendo en el bote. La cifra útil es cuántos quedan al final de la vida útil, guardado como dice la caja. La cifra que abulta es cuántos había el día del envasado.
Si la etiqueta pone «10.000 millones en el momento de la fabricación», está declarando algo que ya no existe cuando tú lo compras. Si pone «hasta la fecha de caducidad», está asumiendo un compromiso. La diferencia entre una fórmula y otra puede ser de un orden de magnitud, y no hay ninguna obligación legal en Europa de declararla de la primera manera.
La misma lógica se aplica a la conservación. Hay cepas que aguantan a temperatura ambiente y otras que necesitan nevera, y el bote que lleva tres semanas junto a la caja registradora, con el sol de la tarde dándole de lleno, ha perdido buena parte de lo que prometía.
Qué preguntar antes de pagar
Con cuatro comprobaciones se descarta casi todo lo que no sirve:
- ¿Aparece la designación de cepa completa, con sus letras y números? Si solo hay género y especie, no hay forma de saber qué se compra.
- ¿Las UFC están declaradas al final de la vida útil?
- ¿La dosis coincide con la que se usó en los estudios de esa cepa, y no con la de una prima lejana?
- ¿La indicación que te interesa está entre las estudiadas? Una cepa con datos en diarrea por antibióticos no tiene por qué hacer nada por la hinchazón.
Conviene añadir un aviso que se pierde entre tanto entusiasmo. Los probióticos no son inocuos para todo el mundo: en personas inmunodeprimidas, con catéteres venosos centrales o en estado crítico se han descrito fungemias y bacteriemias por el propio producto. En esos casos la decisión es del médico que lleva el caso, no del pasillo del supermercado. Y en indicaciones donde la evidencia sigue siendo pobre —la mayoría de las digestivas crónicas—, las guías de las sociedades científicas son bastante más frías de lo que sugiere el marketing; las revisiones Cochrane sobre el tema dan una idea de cuánta incertidumbre queda.
El hombre del jueves volvió al día siguiente con otro bote. Este traía el nombre entero, la cepa con su código, la dosis diaria y la fecha hasta la que garantizaba los recuentos. Costaba cinco euros más. Le dije que esos cinco euros eran, básicamente, lo único que se puede comprar con criterio en esta categoría.
